Vení al juicio por los crímenes de la FUERZA DE TAREAS 5, las audiencias se realizarán en el ex edificio de la AMIA (4 entre 51 y 53) todos los lunes y miércoles. Son públicas y se pueden presenciar acreditándose con DNI.

lunes, 21 de septiembre de 2015

DÉCIMA AUDIENCIA

En la décima audiencia, escuchamos a Dionisio Puz, trabajador de Astillero Río Santiago cuyo testimonio señaló la estrecha relación entre la burocracia sindical y las fuerzas represivas del Estado; escuchamos también a Miguel Ángel Reboledo testimoniar por su hermano, Mario Horacio, hoy desaparecido; a Mirta Sarmachiaro por el secuestro de sus papás Marta Cáneva y Raúl Aguirre, además el de su vecina Reina Leguizamón, finalmente asesinada; y a los hermanos Elena y Fernando Galván por su padre, Galván Lahoz, masacrado junto a su compañero, Pampillo, cuyos testimonios señalaron la extraña actuación del diario platense El Día respecto de la masacre, cuya función en el sistema represivo consistió en manipular la información y lavar la imagen pública del genocidio que estaba en marcha.

El primer testimonio fue el de Dionisio Puz, trabajador de ARS (Astillero Río Santiago), delegado gremial, detenido el 30 de marzo del 76. Días anteriores, los trabajadores habían hecho un paro, pero la fábrica cerró. El 30 de marzo reabría sus puertas. Los trabajadores formados en fila eran interrogados en la entrada. Los uniformados que interrogaban tenían una lista, según la cual apartaban a los trabajadores o los dejaban pasar. Dionisio estaba en esa lista. 2 uniformados armados con armas largas lo llevaron, entonces, a su puesto de trabajo, para ver si tenía algún material político, mientras lo golpeaban y lo insultaban. “Me decían que corra, así podían matarme”, contó. Maltrato físico y psicológico. Luego lo vendaron y se lo llevaron en un camión, junto a otros compañeros: Luis Díaz, Carmen Miranda, Piccinini y Ballardini. Todo esto sucedió mientras la fábrica seguía funcionando con normalidad y sin interrupciones.
Los trabajadores fueron trasladados a Prefectura. Dionisio vivía entonces a diez cuadras, por lo que no le costó reconocer el lugar, la duración del trayecto y los ruidos de los trenes y la zona. En ese lugar les sacaron fotos y fueron interrogados acerca de otros delegados de base y del atentado a la fragata. Estuvo cerca de 2 días, vendado y encapuchado, con las manos levantadas contra la pared, donde cada uno que pasaba los golpeaba.
Luego lo trasladaron en camioneta, entre amenazas de muerte y golpes, a U9 (Unidad N.º 9), no sin antes hacer una parada en el BIM3 (Batallón de Infantería N.º 3), donde bajaron a Carmen Miranda (era el 31 de marzo o 1 de abril), compañera que hasta entonces había compartido el recorrido de Dionisio. Lo metieron en un calabozo y tiempo después fue liberado, en el año 78.
Dionisio contó, además, que la cúpula sindical colaboró con las fuerzas represivas aportado listas negras sobre los trabajadores. “Colaboraron con las Fuerzas Armadas, actuaron de colaboracionistas”, dijo Dionisio; rol que se comprueba también en otros testimonios en este juicio. Un dato que arroja luz sobre el asunto es que las personas que ocupaban puestos en la cúpula sindical no fueron afectadas ni desaparecidas por el aparato genocida activado por el Estado. Incluso siguieron ocupando sus puestos de poder posteriormente, durante los gobiernos constitucionales, como es el caso de Juan Carlos Marín, actualmente en funciones. La dirección patronal de ARS, las Fuerzas Armadas y la burocracia sindical estaban de acuerdo y sumaron fuerzas contra los trabajadores.
Respecto del sindicato, recordó varios nombres: Averginau, Morales, Marín; este último fue quien acusó a la compañera Ana María Nievas en una comisaría. Nievas hizo luego la correspondiente denuncia contra Juan Carlos Marín. También recordó que “a los trabajadores nos sacaron con amenazas y armas cuando estábamos elaborando el convenio colectivo que hoy está vigente”.
Dionisio prosiguió detallando su situación con los posteriores gobiernos constitucionales. No le permitieron reincorporarse a ARS. Consiguió trabajo en la Escuela Naval, pero cuando vieron su nombre lo despidieron. Recién en el 2006 fue reincorporado a ARS. Respecto de su jubilación, le ha sido imposible, puesto que sólo le reconocen 22 años de aporte, cuando se exigen 35 años. Dionisio y otros compañeros reclamaron por esta situación en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. Por último, dijo que “la jubilación es un derecho del trabajador y que el Estado es culpable de que hayamos vivido como parias más de 30 años”.


Luego escuchamos a Miguel Ángel Reboledo brindar su testimonio por su hermano, Mario Horacio Reboledo, secuestrado en mayo del 77 por la fuerza represiva del Estado y aún hoy desaparecido. Mario Horacio era militante de la organización política Montoneros.
Miguel Ángel contó que vinieron cerca de 20 tipos vestidos de civil a su casa, en Berisso, buscando a su hermano. Habían arribado en coches. Los hermanos eran vecinos. Mario Horacio no estaba, así que llevaron a Miguel Ángel a la casa de su hermano y allí lo esperaron toda la noche. Algunos entraron, mientras otros se quedaron afuera haciendo vigilancia. Finalmente, cerca de las 7:00, se llevaron a Mario Horacio. Nunca más volvieron a verlo.
Miguel Ángel y su familia y la familia de su hermano lo buscaron pero no recibieron respuesta. Fueron al Regimiento 7, a la Jefatura, a la Comisaría de Berisso y les dijeron que, por más que supieran dónde estaba, no les iban a decir.
Miguel Ángel trabajaba en YPF. Ángel Oscar, su otro hermano, había sido detenido en el frigorífico Swift, depositado luego en la U9; estaba secuestrado en el momento en el que también se llevaron a Mario Horacio. Ángel Oscar era el mayor y recientemente había entrado a trabajar en YPF. Luego de lo sucedido, se fue a Suecia y Miguel Ángel no volvió a verlo.

Escuchamos después el testimonio de Mirta Sarmachiaro por su mamá, Marta Isabel Cáneva, y su papá de corazón, Raúl Alejandro Aguirre, ambos trabajadores del frigorífico Swift.
Tenía 7 años cuando fueron secuestrados. El 24 de marzo del 76, día del golpe, se llevaron a su papá. Su mamá pudo aún seguir trabajando. Lo liberaron al poco tiempo y luego fueron detenidos los dos. Los retuvieron 1 día y los liberaron.
Era el 14 de julio del 76 cuando las fuerzas represivas del Estado volvieron a buscarlos. Los secuestraron a los dos y también a su vecina, Reina Ramona Leguizamón. Mirta detalló el operativo: tocaron timbre, pero entraron por la fuerza, rompiendo todo y robando lo que podían. “A mi hermano y a mí nos metieron en el baño. Nunca lo voy a olvidar: eran uniformados vestidos de verde”, precisó con fidedigna memoria.
Mirta y su hermano quedaron, entonces, solos; fueron después a la casa de su hermana mayor. Su cuñado dijo que su mamá volvería, que la que no volvería sería Reina. Así fue. Su mamá fue liberada, desnuda, en una esquina. Había pasado por el BIM3 y su compañera había sido Reina. Habían sufrido torturas, vejaciones, simulacros de fusilamiento, habían sido atormentadas con picana eléctrica y sus cuerpos fueron marcados por las heridas. Un día la sacaron un momento del calabozo y Reina ya no estaba.
Su mamá le contó, entonces, cómo era Reina: les gritaba, los escupía, les decía cosas políticas, sabía que estaba encima de la miseria de los represores, quienes estaban ejecutando un genocidio contra el pueblo. En un simulacro de fusilamiento, Reina fue la única que gritó “¡Viva la Patria!”. Reina fue asesinada, su cuerpo fue encontrado en Costa del Este.
Mirta contó también lo que le sucedió a su papá. También lo torturaron: en un traslado, le arrancaron las uñas de las manos. Estuvo secuestrado varios meses. Pasó por Subprefectura, luego Base Naval, luego U9. Los represores les ofrecieron después el exilio.
Su mamá era diabética, también su hermana. “A los 15 me quedé sola en la vida”. Luego de la muerte de su madre, a los tres meses, moriría su hermana. Dijo, por último: “El Estado nos destruyó la familia”.


Luego escuchamos el testimonio de Juan Alberto Magliaro por Osvaldo Enrique Busetto. “Entre mayo y junio del año 76, estaba yo circulando por 7, de 53 a 54, cuando veo venir a una persona corriendo”, comenzó Juan Alberto. “Un Torino blanco se detiene y baja uno de los que estaban dentro del coche, saca un arma y dispara cuando el pibe cruza”. Juan Alberto conocía del barrio al pibe, era el hermano de su dentista [Juan Carlos Busetto], era Osvaldo Enrique Busseto.
Era cerca de las 19:00, una hora concurrida en una calle concurrida. Apareció luego, de pronto, un Torino azul viniendo en contramano y pusieron al muchacho herido en el baúl.


Escuchamos después el relato de Elena Galván, quien testimonió por su padre, Miguel Orlando Galván Lahoz. Ella tenía un año cuando sucedió. Su padre era abogado y tenía 27 años. Había abandonado su trabajo en la municipalidad para poner un estudio junto a un compañero, el abogado Pampillo.
El 17 de octubre del año 76 fue a su estudio y nunca más volvió. Ese día su mamá iba a conocer el estudio y al socio, pero no fue. “Durante la mañana siguiente llega el hermano de mi mamá y le avisa que hubo un tiroteo en el que papá había muerto”. A la madre de Elena se la llevaron al día siguiente.
El abuelo materno de Elena, mediante contactos que tenía en la Marina, ya que había estado en la Marina, logró que le entregaran el cuerpo. La familia se mudó entonces a Punta Alta y posteriormente a Córdoba.
Su papá era abogado de presos políticos, cercano a organizaciones peronistas de la Facultad, a Montoneros. Y su mamá apareció en diciembre; se la habían llevado encapuchada y volvía encapuchada. Nunca supo dónde estuvo.
“La hermana de mi abuela estaba internada en el Hospital Naval y no la dejaron entrar porque estaba en una lista negra”, contó además Elena.
Respecto del diario platense El Día ante el homicidio, Elena contó que este medio informativo publicó información que afirmaba lo que iba a suceder pero que finalmente no sucedió. El diario El día publicó a) que en el estudio había habido un enfrentamiento, pese a que fue una masacre en la que las víctimas no se defendieron, como aseguró en una audiencia anterior y pudo comprobar Elda Mabel Lois, b) que el abogado estaba junto a su esposa, cuando eso lo sabía sólo la familia y ese día la esposa había decidido no ir al estudio, c) que el hecho había sucedido en una casa donde en realidad la familia pensaba mudarse, pero no lo había hecho aún. Ninguna de las tres cosas sucedió: no hubo ningún enfrentamiento, los papás de Elena no estaban juntos cuando se ejecutó la masacre, dicha masacre no sucedió en la casa de la familia. Esta publicación es del 19 de octubre del 76.


Por último, escuchamos a Fernando Galván -hermano de Elena Galván- también testimoniar por su padre, masacrado por las fuerzas represivas del Estado. Fernando tenía un año cuando esto sucedió.
Su papá era abogado y defendía presos políticos. “Mi papá fue asesinado por su compromiso militante; trabajaba en la municipalidad, estaba trabajando en una villa en Los Hornos, militaba en Montoneros”, contó Fernando.
El día de la masacre, Montoneros se llevó a la mamá de los hermanos Fernando y Elena y la escondió. Mientras tanto, el resto de la familia se mudó a Punta Alta y luego a Córdoba. Fernando olvió a ver a su madre en diciembre. Por otra parte, el abuelo había conseguido el cuerpo de Galván Lahoz y comprobó que en el cadáver tenía pintado “NN”.
Fernando dijo también que “a mi papá lo venían siguiendo, pues había una mujer apodada “Correo” que llevaba información y por eso cae mi papá”. Y por último dijo que “por sus ideales perdió la vida y el Estado es responsable”.

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